Las lecciones de la indiferencia

 



Cuando transitamos momentos de dificultad extrema, ese transito es parte de la noche oscura del alma (una de las tantas que nos toca afrontar en nuestra vida); un desierto psíquico en el que nos encontramos a solas con nuestros demonios y somos invitados a establecer un diálogo constante con Dios y con nuestro propio espíritu.

Esa etapa de dificultad extrema se convierte en una maestría que conlleva muchas lecciones; es decir que es una oportunidad de aprendizaje única que está destinada a transformarnos, tamizarnos, desnudarnos, y finalmente sanarnos. Esas lecciones pueden presentarse de forma individual o grupal, pero siempre hay una secuencia que luego comprendemos que es lógica y que se despliega como un mapa cuando observamos desde la posición del Alma.

En el primer tramo de esa etapa, sólo queremos que pase rápido, que podamos ‘recuperar nuestra vida’ por así decirlo y sobre todo, queremos que acabe el padecimiento. Por eso, cada vez que entendemos alguna de las lecciones y comprendemos lo que debíamos aprender y transformar en nuestra vida, celebramos con gozo, con la esperanza de que sea la última lección y el desierto se disuelva al abrir los ojos por la mañana.

Cuando una etapa de dificultad extrema continúa prolongándose o incluso se intensifica no significa que estemos haciendo todo mal o que no hagamos lo suficiente; es señal de que hemos superado las lecciones anteriores y aún quedan lecciones más profundas por aprender.

Resistirse no es una opción, rebelarse tampoco, victimizarse aún menos. La única salida del laberinto es hacia adentro, siempre. Y eso se logra entregándose a Dios; ofreciéndole una vez más nuestra vida, nuestros dones y talentos, nuestras heridas y sobre todo, nuestra intención y voluntad de aprender y sanar.

La herida del rechazo/abandono que nos tatúa el corazón e incluso el funcionamiento de nuestro cuerpo físico en la primera infancia, es una de las heridas con más secuelas y con mayor impacto en nuestra vida adulta.

Creemos que la forma más dolorosa de rechazo es la burla, el desprecio, la agresión (verbal o física), las palabras hirientes y las miradas hostiles.

Esa capa superficial del rechazo es la que se muestra como herida doliente durante una etapa de dificultad extrema. Se manifiesta a través del espejo de las personas que nos juzgan, cuestionan, critican, condenan y desde su superioridad intentan demostrar que no somos capaces de resolver algo que ellos no están experimentando y que incluso jamás les ha tocado vivir. Aprendemos a vivir con eso poniendo límites, estableciendo distancias saludables, alejándonos del drama y sobre todo, comprendemos que no responder, no convencer, no justificar y no demostrar nuestra valía es la forma más sana de preservar nuestra paz interior.


El abandono (físico y/o emocional) es una forma más profunda del rechazo; es silencioso e invisible, distante, gélido, inexplicable, implacable y sobre todo no hay nada que podamos hacer para lograr que desaparezca.

El abandono se muestra en el espejo de las personas que ignoran nuestros pedidos de ayuda, que prefieren no conocer la magnitud de nuestros problemas, que jamás eligen escuchar nuestra verdad y se dejan llevar por el ruido de sus mentes.

La indiferencia es a veces causa de ese ruido mental que los habita y los domina, poblado de prejuicios, miedos, suposiciones, rechazo a nuestra forma de ser o vivir o incluso incoherencia entre su mente, su corazón, su alma y sus actitudes.

Otras veces es parte de su diseño o configuración original, es decir, no fueron equipados con dosis altas de empatía y compasión. Sin embargo, nuestra configuración, nuestro signo zodiacal, nuestra carta natal o nuestra energía regente no son excusa. Todo se puede aprender, transformar e incorporar cuando hay intención de evolucionar. Algunos llegamos a este mundo con una dosis abundante de compasión, sensibilidad y empatía; pero puede que la paciencia no sea nuestra virtud, entonces nos toca cultivarla; por dar un ejemplo.

Cuando una etapa de crisis o dificultad extrema se extiende por demasiado tiempo, es cuando la indiferencia se convierte en una lluvia de dagas dolorosas que parecen cercarnos y aumentar nuestro padecimiento. Descubrimos que no hay nada que podamos hacer para cambiar eso, no hay persuasión, explicación o justificación que pueda ablandar el corazón de quien carece de empatía y compasión.

Una vez más, la medicina está en nuestro interior, recordando que Dios jamás es indiferente, que Él no nos ha abandonado. Mientras Dios sigue intentado despertar la compasión y la empatía en los corazones de personas que podría usar para ayudarnos en el mundo tangible, nuestra tarea es sanar aún más profundamente la herida del abandono/rechazo.





Durante estos largos dos años he vivido situaciones que jamás hubiera imaginado posibles, he conocido niveles de pobreza y carencia que muchas veces creí no poder resistir y he padecido síntomas físicos causados por la falta de recursos cuyo único alivio era sólo posible a través de la música, la respiración consciente, el reposo absoluto y por supuesto el apapacho de Dios y la Madre Divina.

En este primer mes del año, que comenzó sin promesas de mejorar lo que había transitado en los últimos dos años, le pregunté y le pedí a Dios insistentemente: muéstrame lo que aún necesito aprender, guíame para poder comprender lo que necesitas de mí.

La respuesta tardó en llegar; o quizá, siempre estuvo ahí, pero yo no era capaz de reconocerla.

Debes sanar la herida de abandono que se activa con la indiferencia que te rodea y te causa tanto dolor. Tienes que lograr mantenerte impasible y confiada de que Yo, tu Dios y tu Padre Celestial, te sostendré y te cuidaré como lo he hecho desde el día que naciste; te ha dado muestras de mi poder y mi voluntad, manteniéndote con vida sólo con mi Maná, contra todo pronóstico y en circunstancias que muchos no sobreviven. Eres Mi Milagro, no permitas que la pequeñez humana opaque la Luz de ese regalo. No dejes que la indiferencia te derribe, te llene de tristeza y amargura, magnifique tus heridas o desvalorice tus dones y talentos. Como dijo mi hijo Jesús: ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.’ Ellos no te conocen, Yo tu Dios te conozco; ellos no te ven como realmente eres, Yo tu Dios te veo; ellos no te valoran, Yo tu Dios te valoro, porque eres mi creación perfecta y Divina. Yo no soy indiferente, tú no eres indiferente.





Las lecciones de la indiferencia


  • Tenemos poco o nada de control sobre lo que sucede a nuestro alrededor, y sobre todo no podemos, ni deberíamos intentar controlar de alguna manera las decisiones y acciones de otras personas. Soltar el control y dejar todo en manos de Dios es la forma más profunda de confianza y una manifestación de nuestra verdadera Fe.

  • Cada persona piensa, siente, actúa, observa y reacciona desde su experiencia de vida, desde sus creencias, desde sus miedos y heridas sin sanar, desde sus defectos y virtudes, desde su nivel de consciencia y sobre todo desde su verdadera conexión con la Divinidad.

  • Cuando la herida del rechazo/abandono se activa desde la indiferencia del entorno, es una muestra de que aún dependemos de la validación de otras personas para creernos merecedores del Cielo en la Tierra. La indiferencia no es una desvalorización de lo que hacemos o lo que somos, es una validación de la escala de valores y prioridades de quien elige ser indiferente.

  • Si permitimos que la indiferencia nos duela, nos derribe, nos robe la alegría y debilite nuestra fe; entonces, le estamos dando más poder y valor a las personas, mucho más valor y poder del que le damos a Dios en nuestras vidas.

  • La indiferencia no es un castigo, es una oportunidad para despegarnos de la mirada externa, para sentirnos bendecidos en la mirada de Dios; para mirarnos como Dios nos mira; para amarnos como Dios nos ama; para validarnos como Dios nos valida.

  • Nuestra fe y nuestra esperanza no debe estar puesta en los seres humanos; es cierto que a todos nos gustaría y deseamos que haya más corazones despiertos y más personas actuando desde la compasión y la empatía. Pero no nos corresponde a nosotros juzgarlos, presionarlos, persuadirlos o cambiarlos. Nuestra Fe genuina debe estar enfocada en Dios, el único que conoce, ve y es capaz de transformar lo que está listo para ser transformado. Nuestra esperanza debe sostenerse en la confianza en el Plan Divino, sabiendo que Dios siempre encuentra la manera para resolver lo que puede resolverse y mientras tanto, siempre, nos sostiene amorosamente.


Susannah, en Dios y con Dios

26.01.2026

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