viernes, 17 de enero de 2014

Sobre la violencia

La violencia de género parece crecer día a día, no sólo en número sino también en la gravedad de las agresiones.  Lo mismo pasa con los niños y niñas, la muerte en manos de alguno de los progenitores o adultos a cargo, parece ser algo tan normal y frecuente que espanta.

Me pregunto: ¿cómo se llega a eso?  Acaso, las mujeres nos enorgullecemos de haber logrado tantas 'libertades': las mujeres fuman en lugares públicos, se emborrachan a la par de los hombres, pueden votar, conducir y en teoría aspirar a cualquier clase de trabajo.  Creo que ha habido un logro externo, una campaña de feminismo mal enfocada, pero no ha habido una evolución interna de crecimiento y valoración

El camino hacia esta falta de valoración de la mujer y de los niños, es culpa de las mujeres.  Me lo dijo una amiga hace unos días y me quedé pensando.  Y sí, tiene razón, lo que está pasando no es culpa de los hombres sino de las mujeres, de las mujeres como defensoras de nuestros propios derechos y de mujeres que criamos y sembramos la semilla en nuestras hijas e hijos, futuros hombres y mujeres que jugarán su rol de acuerdo a nuestro ejemplo.

Condenamos a las prostitutas que trabajan con su cuerpo para llevar el pan a sus hijos, sin embargo aceptamos y consideramos correcto que una mujer se acueste todos los días y tenga sexo (sin amor) con un hombre, si ese hombre es el padre de sus hijos o el proveedor de los alimentos que nuestros hijos reciben cada día.  Si me preguntan, prefiero a la prostituta que se reconoce como tal y no obliga a sus hijos a convivir con un hombre por conveniencia económica, en detrimento muchas veces de la salud emocional y física.

En esta ídea encuentro la raíz de todo.  Muchas mujeres conviven con un hombre, aún sin amor, ya sea porque es el proveedor económico o porque a través del sexo les da su aprobación como mujeres.  Muchas conviven con su compañero porque si las dejan, se sienten poco validadas, no amadas y rechazadas.  Otras conviven porque económicamente la vida resulta más fácil.  En todos estos casos, el lazo que mantiene 'unida' a la familia no es el amor, sino alguna clase de interés egoista o la falta de reconocimiento y validación de que una mujer puede sola y que es mejor estar sola que mal acompañada.

Nos parece aberrante que una madre mate a golpes a su hija/o porque no acepta la nueva familia disfuncional, nos parece terrible que una madre se quede callada y sea complice de los abusos que su compañero ejerce sobre sus hijos,  y nos preguntamos: ¿cómo puede aceptar todo eso?

La violencia doméstica no es un estallido repentino que nos ataca sin aviso, no es como un desastre natural para el que no estabamos preparados.  Todas las mujeres que hemos vivido la violencía doméstica sabemos que empieza con algo que parece una tontera e incluso un acto de amor: una palabra, un reclamo, un insulto, una escena desmedida de celos, una prohibición, una restricción que afecta nuestra libertad y desarrollo personal y/o profesional, una exigencia de los hábitos que deben reinar en la casa y mucho más.  Y cuando hay hijos, normalmente, las exigencias y derechos del 'macho' de la casa pasan a estar en primer lugar.  Es allí donde la falta de respeto, de dignidad y de autovaloración se extiende como una plaga hacia los hijos.

El grado de complicidad no depende de la seriedad del maltrato, el grado de complicidad depende de la actitud ciega y sumisa de una mujer que por miedo a perder su estabilidad económica, o la 'aprobación' de su compañero, sacrifica las necesidades y/o bienestar de sus hijos.

Satisfacer al 'macho' y aceptar sus prioridades, aunque ese hombre sea el padre biológico de los hijos, termina siendo un acto de desamor y abandono hacia ellos.

Los valores se contagian, al igual que la falta de ellos.  Un hijo que crece viendo al hombre de la casa ejerciendo su machismo, aprende que de ese modo se consiguen las cosas.  Un hijo que crece viendo como su madre negocia a costa de su autoestima, aprende que las mujeres nada valen.  Una hija que observa la falta de integridad y respeto como algo normal, perpetua la victimización, a menos que en un acto de coraje se rebele y decida cambiar la historia.  Cuando los hijos respiran el miedo de todos los días, crecen temerosos de ser intensamente genuinos.

La maternidad y la paternidad deberían ser una entrega de amor generoso, donde el bienestar y los derechos de los hijos están por sobre todas las necesidades individuales.  Aquel que cree que sus necesidades egoistas están primero, debería replantearse su rol dentro de una familia.  Quizá, el 'eogismo' sano que necesitamos es aquel que nos permita crecer como mujeres enteras y plenas, desarrollarnos y Vivir para ser mejores cada día y enseñarles a nuestro hijos qué tan bonita puede ser la vida.

Deberíamos recuperar lo sagrado de la maternidad, y honrar a nuestros hijos rescatando nuestros dones y bendiciones como mujer.  Es tiempo de reconstruir lo femenino mirando hacia dentro y sintiendo hacia afuera.

Aquel hombre que exige favores sexuales a cambio de un trabajo, lo hace, porque muchas mujeres acceden a eso.
Aquel hombre que se convierte en abusador, es porque hay alguien lo suficientemente débil  para ser su victima.
Aquel hombre que vende sus mentiras como pan caliente, es porque hay oídos que prefieren escuchar eso a reconocer la verdad.
Aquel hombre que impone su machismo y sus caprichos en un hogar, lo hace porque su compañera lo consiente y ambos dejan de mirar al corazón de sus hijos.
Aquel hombre que menosprecia y denigra a la mujer, es porque encuentra una mujer que ha sido golpeada por la vida y se quiere tan poco que no sabe lo que vale.

Susana Lorenzo©
16 de enero de 2014


“El hambre desayuna miedo.El miedo al silencio aturde las calles.El miedo amenaza.Si usted ama, tendrá sida.Si fuma, tendrá cáncer.Si respira, tendrá contaminación.Si bebe, tendrá accidentes.Si come, tendrá colesterol.Si habla, tendrá desempleo.Si camina, tendrá violencia.Si piensa, tendrá angustia.Si duda, tendrá locura.Si siente, tendrá soledad.Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo.Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo.Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados.La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir.Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armasLas armas tienen miedo a la falta de guerras.Es el tiempo del miedo. Miedo de la mujer al desamor del hombreMiedo del hombre a la mujer sin miedo.”
Eduardo Galeano