lunes, 19 de diciembre de 2016

Entre la imagen y la palabra


Los fotógrafos y los escritores nos parecemos bastante: contamos historias.  Elegimos el ángulo, hacemos foco en lo que importa, usamos luces para resaltar y sombras para sugerir.  Los escritores buscamos palabras para dibujar una imagen que habita nuestra mente o para plasmar una sensación que nos arrebata el suspiro.  Los fotógrafos buscan la foto que cuente en una sola captura, todo aquello que necesitaría más que un par de páginas escritas.

En la vida y en la guerra de poderes, la palabra es un arma, así como lo es una máquina de fotos.  Escribir y fotografiar son lujos de la libertad de expresión que asustan a quienes trafican mentiras.

Un verso, una estrofa o un párrafo, pueden al igual que una foto, volver eterno un momento, dejar un legado para quienes llegan después.

Me encanta la fotografía, aunque mi cámara aún siga en la lista de deseos que Papa Noel olvida leer.  Será por eso que cuando miro una foto, se me ocurren historias para escribir; y cuando cuento una historia, quisiera conectar una cámara a mi mente para mostrar la imagen que mi musa me enseña.

Susana Lorenzo ©
Escritora
20 de diciembre
Día del Reportero Gráfico
PH Imagen tomada de la red


domingo, 27 de noviembre de 2016

Llegadas

Cuando llegamos es un acontecimiento para celebrar. No importa si es un hijo que llega, una sobrina, un nieto, una ahijada o el bebé de una amiga. Compramos regalos que el recién nacido nunca aprecia. Regalamos ropa costosa que usará apenas un par de días o quizá una semana. Preparamos el cuarto o el rincón donde dormirá. Pintamos dibujos para decorar la pared. Tejemos mantas que cobijarán sus sueños y aliviarán sus mañas. Siguiendo modas de otros paises, organizamos 'baby showers' para la mamá primeriza. Me parece fantástico, porque la vida es un milagro y mi vida se llenó de colores cuando llegaron mis hijos.

Cuando nos vamos, es todo gris, nefasto y fatídico. No se permite hablar de la muerte, no está bien visto, y menos aún prepararse. Dejamos para mañana los besos, los abrazos, los momentos menos urgentes y los preparativos de nuestra partida. Cuando hablamos de la buena muerte o de cómo nos gustaría que se manipulara nuestro cuerpo ya sin vida, nos mirán con recelo, con más ganas de llevarnos a un loquero, que de escuchar nuestros deseos.

Cuando morimos, en mucho nos parecemos a un bebé recién nacido: no podemos elegir qué ropa usar, ni dónde reposar, ni en que gastar el dinero. Nuestros familiares tan queridos suelen elegir lo más conveniente: para la familia, para el que dirán, para el circo de los corazones rotos. Se gastan fortunas en coronas fúnebres que sólo admiran los conocidos y familiares que acostumbran comparar frases y tamaños de las flores que se exponen. Si esa misma cantidad de dinero se gastara en flores durante nuestra vida, recibiríamos, al menos, un ramo de flores por año. Algunas personas publican un aviso costoso en el diario de mayor tirada, para acompañar en sentimiento a los familiares del difunto. Hace falta coraje para publicar un aviso cuando la persona está viva, haciéndole saber lo mucho que nos importa.

Sería bonito celebrar nuestra partida, organizar una fiesta antes de irnos: reunirnos con nuestros seres más queridos, recordar los momentos más hermosos de nuestra vida, compartir palabras y sentimientos para que nada quedara sin decir, bailar nuestra música favorita, cocinar los platos más exquisitos, hacernos regalos, hacer muchos regalos y sobre todo dar tiempo y lugar para las despedidas.

Si recibir con colores y celebración es un gesto de amor, acompañar la partida de quienes amamos debería también serlo. La mayoría de las personas muere en soledad o rodeadas de mucha tristeza y dolor, o mueren con decenas de tubos insertados en su cuerpo y sus latidos conectados a máquinas que nada saben de sentimientos.

¿Cuándo es el momento correcto para hablar de nuestra muerte? ¿A los 40, a los 60, a los 70 o cuando ya es un diagnóstico terminal? Nos causa más temor hablar de la muerte que hablar de sexo con nuestros hijos o nuestros padres.

Si creemos en el cielo o creemos en la vida después de la muerte o creemos en la resurrección; entonces el cuerpo es sólo eso, un envase que nos contiene mientras estamos de paso. Es nuestra alma la que viaja, la que llega, la que se va, la que habita en los corazones de quienes amamos, la que deja su huella en las cosas que hicimos, la que siembra su música en el legado que nos animamos a sembrar. Reclamamos el derecho de honrar la vida pero olvidamos que la mejor manera de honrar nuestra alma es bendiciendo nuestra muerte.

Yo elijo la mano del amor sosteniendo la mía, un vestido de fiesta y mis zapatos rojos, unas cuantas cenizas para el suelo donde habite un jazmin, música celta mientras mi alma emprende vuelo y una última noche en mis sábanas perfumadas.

Porque cuando nos vamos, en realidad llegamos a ese cielo que nos prometieron, a esa dimensión donde los ángeles se hacen visibles y Dios nos abraza como niños.

Susie ©
Susana Lorenzo
Noviembre 2016


martes, 18 de octubre de 2016

Ser linda y joven estresa



(Por tu culpa, por tu grandísima culpa)








Si fuiste criada en la vieja escuela patriarcal, te inculcaron de niña que todos los hombres son malos y que hay que evitar el contacto cercano con esa especie.  Entonces, aprendiste a desplazarte en zigzag cruzando de vereda si distinguías dos o más varones de cualquier edad.  Antes de entrar en la adolescencia ya dominabas el arte de caminar con la mirada baja, escondiendo tus curvas para no provocar a nadie.

En la adolescencia aprendiste que un equipo de gimnasia puede causar un manoseo en la calle, que una minifalda es una bandera de provocación y que el ‘no’ no alcanza si tu novio fue criado en la misma escuela patriarcal.  También entendiste que el silencio es sano, una denuncia siempre volcaría la acusación en tu contra.

Si sos joven y linda te volvés una estratega en el trabajo, dominás el arte de cuidar las palabras,  medir tus comentarios y sonrisas para no confundir a algún jefe o cliente; caso contrario te culparían de haberle dado a entender que deseabas ser acosada.

Ser joven y linda te estresa, porque tenés que andar por la calle como capurecita en un bosque plagado de lobos.  Tenés que elegir la ropa que usás, cuidar el modo de andar, evitar las zonas solitarias, avanzar a paso rápido si escuchás pasos muy cerca, caminar por el medio de la calle si ya se te hizo de noche o elegir el camino más largo para sentirte más segura.

Cuando envejecés y la belleza se opaca con el paso de la vida, te volvés casi invisible y podés darte el gusto de vestirte como se te dé la gana, aunque es tarde para aprender a caminar erguida y mirar al frente.  (El inconsciente aún puede traicionarte y acelerar tus latidos si hay dos o más varones con actitud sospechosa en la misma vereda.)  Sólo corrés riesgo si te cruzás con alguno que se subió a la droga y no distingue entre una vaca y una gacela.

Crees que pasados los cincuenta, ya podés relajarte, ser simpática y no medir las palabras porque total, ya nadie se confunde.  Entonces, te preocupás por tus hijas y por tus nietas, que a pesar de vivir en esta época de supuesta igualdad de derechos, siguen siendo víctimas de una sociedad machista y cada vez a más temprana edad.


Deberíamos levantarnos en armas, caminar como guerreras portando nuestros arcos y un arsenal de dardos castradores para hacer puntería en el colgajo correcto.  Deberíamos acosarlos, maltratarlos, perseguirlos y hasta abusar de ellos; aunque pensándolo bien, habría que tener estómago, porque el 90% de los acosadores están pasados en años o faltos de talentos.

Sea como sea: educando a nuestros hijos varones o comenzado la verdadera revolución, creo que sólo las mujeres podemos generar el cambio que esta sociedad necesita. El primer paso es siempre interno, amarse y respetarse tanto como para poder distinguir el amor verdadero y sanar nuestras relaciones.  Desde ahí podemos ser guardianas, ejemplos y guías de nuestros hijos y de nuestras niñas; para que nadie se confunda, para que ser mujer linda y joven no te estrese, sino que te haga feliz.



Susie ©
Susana Lorenzo ©
Octubre de 2016


martes, 4 de octubre de 2016

Geriátricos de por aquí

La mayoría tienen nombres acogedores con la palabra ‘hogar’,  nombres de marcas importantes o caballerizas de alta alcurnia.

A simple vista y si no excedemos la estadía en más de una hora en días de visita o días de fiesta, el lugar tiene un jardín, un sector de plantas y hasta se huele perfume en el ambiente.

Basta quedarse más de una hora o visitar a los ancianos en horarios o días poco frecuentes para descubrir otra realidad.  Las postales pueden variar un poco pero los detalles golpean los sentidos sin piedad y nos llenan de impotencia y espanto.

Las sillas de rueda se amontonan (junto con sus dueños) en una sala comedor con una gran pantalla de televisión.  Quienes no tienen silla de rueda, están atados a sillas comunes con trapos o cintas de tela.  En un rincón los asistentes y enfermeros pueden tomar su media tarde a pesar del hedor a orín por los pañales y ropa pasados y sin cambiar. Algunos ancianos hablan entre ellos, como pueden.  Cuando llega un visitante miran como mendigando un gesto, una sonrisa o una palabra.

Los dormitorios pueden tener dos o tres camas, no hay privacidad alguna.  La combinación de ‘huéspedes’ no tiene sentido: a veces pueden compartir la habitación una persona sana mentalmente con otra que no lo está.  Las prendas de vestir y calzado están identificadas con grandes letras de marcador negro.  Las pequeñas pertenencias personales pueden desaparecer en la noche, durante la comida o durante el baño.

Todas las personas internadas son tratadas por igual, sin importar sus síntomas, su enfermedad o sus capacidades.  Desde el momento que sus familiares o apoderados los depositan ahí, pierden toda libertad, independencia, decisión, dignidad, respeto o privacidad.  Nadie puede elegir cuando dormir o cuando comer; tampoco a qué hora tomarse una siesta ni usar el baño con discreción sin que alguien decida abrir la puerta.  

Salir al mundo exterior, para dar una vuelta a la manzana o comprar algo rico en el almacén del barrio, no está permitido, a menos que un familiar los saque con autorización.  Hay algunos establecimientos que ni siquiera tienen vista al exterior, sus portones parecen blindados y sus ventanas están selladas.

No hay actividades recreativas que estimulen su salud mental y emocional.  Los jardines están casi siempre vacíos.  Quienes están perdidos en su mente se mantienen tranquilos y aislados con una buena dosis de medicamentos y televisión.  Quienes están sanos y lúcidos van perdiendo las ganas, sus habilidades, su cordura, su fe y quedan atrapados en un sistema que se lleva todo el dinero de su jubilación.  Quien fue ingresado sano hace más de cinco años, reza por su pronta muerte o termina contagiándose de la locura que lo rodea.

Puedo llegar a entender que una familia interne a un anciano que no puede valerse por sí mismo y requiere cuidados especiales, porque ya no distingue realidad de fantasía y porque su demencia lo vuelve difícil de tratar.  Aún así, me queda la duda, si con amor y con cuidados contratados en su propia casa, no estaría mejor.  En algún momento del día o de la noche, todas esas personas, tienen un destello de luz, un segundo de conciencia que los llena de dolor y vergüenza.

No puedo entender que una familia decida internar a una persona que apenas llega a los 70, porque no es bueno que viva sola. La mayor parte de la sociedad piensa que una persona debe vivir acompañada y con contención.  Se prioriza la cantidad de años a vivir y no la calidad.  Se piensa que medicación, techo y comida es todo lo que hace falta.  ‘Por su bien’, una persona es despojada de sus bienes, sus pertenencias, su círculo de amigos, sus rutinas, su libertad y su dignidad, para dejarla en manos de una institución que poco sabe de sus sentimientos y emociones.

Hablando claro: la cuota mensual de un geriátrico ronda los 12,000 pesos (ARS), eso no incluye ni remedios, ni apósitos, ni productos de higiene personal, ni atención médica.  Con ese dinero, bastaría para que una persona lúcida y sana mentalmente, pudiera pagar un alquiler y sus gastos básicos.  Podría elegir si dormir todo el día, si desayunar a las 12.00 o merendar una tarta de jamón y queso.  Podría quedarse todo el día con las ventanas cerradas si no tuviera ganas de ver a  nadie o podría salir a caminar un rato o sentarse en una plaza a ver el día pasar.  Podría elegir cuando bañarse y cuando no. 

Podría dormir tranquila sin que nadie la despierte.  Podría tener su ropa sin grotescas identificaciones de campo de concentración.  Podría tener una soledad más digna, menos humillante.  Más aún, podría ganarse unos pesos vendiendo sus artesanías o trabajando en cosas que le gusten y su cuerpo aún se lo permita.  Podría regar sus plantas cada día sin temor a que sean destruidas sin razón alguna.

Cada persona tiene el derecho a vivir como le plazca, siempre y cuando sus actos no interfieran en la libertad de otros.  Cada persona tiene el derecho de vivir sus últimos días de la mejor manera que pueda, haciendo uso de lo que se ha ganado después de tantos años de trabajo.  Como me dijo una vez una interna: ¿Qué puedo haber hecho de malo para que mi familia decida encerrarme por el tiempo que me queda en un lugar así? (Considerando que ese tiempo puede llegar a ser mucho más que diez años.)


Hoy he leído una noticia que me ha dado esperanzas: una anciana de otro país ha muerto de una forma inusual.  Después de quedar viuda y recibir un diagnóstico de cáncer, eligió terminar sus días viajando y no sufriendo con la quimioterapia.  Hay hijos y nietos que entienden que el amor y es lo que importa.  El verdadero amor procura que el ser amado sea feliz y disfrute sin importar si estamos de acuerdo o no.

Si no tenemos amor, si somos humillados y no somos respetados, estamos solos, no importa dónde y con quien estemos.

Ojalá mis hijos y nietos tengan el amor y la sabiduría suficiente para comprender y  respetar mis deseos.

Me basta con una habitación y baño independiente.  Un lugar donde tener mi música, mis libros, mi computadora y mis plantas.  Me basta con poder fluir según mi cuerpo lo pida.  

Me basta con una taza de té y unas galletas si eso es lo que hay.  Pero no acepto bajo ningún punto de vista, mal dormir mis últimos días acompañada de una extraña que nada tiene que ver conmigo.  Si elegí vivir sola porque es mejor sola que mal acompañada, quiero elegir, cuando cambie de opinión, con quien compartir mis noches y mis días.




Susie
Susana Lorenzo
4 de octubre 2016 


viernes, 8 de julio de 2016

Sobre Independencias


“Los primitivos dueños de la tierra venían resistiendo la conquista del hombre  blanco desde la llegada de Solís, en 1516. Don Pedro de Mendoza debió abandonar Buenos Aires en 1536 por la hostilidad de los pampas. Sólo a partir de la creación del virreinato y la consecuente presencia de un poder político y militar fuerte, fue posible establecer una línea de fronteras con el “indio” medianamente alejada de los centros urbanos.
Rosas, haciéndose eco de las demandas de sus colegas estancieros sobre los constantes robos de ganado por parte de los indios, encabezó la primera “conquista al desierto”." 
           Felipe Pigna



Creo que el 4 de Julio y el 9 de Julio se parecen bastante.  Vengo pensando en eso, desde el Bicentenario de la Revolución de Mayo, que se cumplió en 2010.  Estamos ahora envueltos en el frenesí y la oleada de banderas y luces celestes y blancas por doquier. 

Reconozco que cuando niña y adolescente era apasionadamente patriótica.  Amaba desfilar en fechas patrias, escribir glosas para los actos o adornar con mis dibujos las pizarras de la escuela.

Será que con los años, me he vuelto una mujer cósmica.  Será que una aprende a leer la historia de otra manera.  Será que una se vuelve más compasiva y empática y lee tantos libros que llega a imaginar cada momento, cada situación y cada masacre de aquellos años.




Si en algo Argentina se parece a USA, es que vivimos renegando de nuestros colonizadores, pero nos volvimos independientes a costa de masacrar los pueblos originarios.  No sólo nos conformamos con diezmar sus pueblos, sino con ignorar, olvidar y borrar cultura, historia, sabiduría, costumbres, arte y valores.  Sin embargo, adoptamos gustosos los deportes, costumbres y modas de nuestros antiguos colonizadores. Para ambos países, los pueblos originarios pasaron a ser un grupo de seres salvajes, confinados en una reserva, sin mucho apoyo del gobierno y sin la capacidad de integrarse a la sociedad ‘civilizada y moderna’ y sobre todo sin la posibilidad de difundir lo poco que queda de sus raíces.  Se vuelven una postal de artesanías baratas para los turistas curiosos, y un estandarte maquillado de la defensa de los derechos humanos.



“Los teóricos de la modernización del país proponían poblar el "desierto" que se suponía deshabitado. No eran numerosos los habitantes, pero había pobladores  previos a esta postulación. Estos habitantes eran los indígenas. Un testigo de la época, el Ingeniero Trevelot, opinaba: “Los indígenas han probado ser susceptibles de docilidad y disciplina. En lugar de masacrarlos para castigarlos sería mejor aprovechar esta cualidad actualmente enojosa. Se llegará a ello sin dificultades cuando se haga desaparecer ese ser moral que se llama tribu. Es un haz bien ligado y poco manejable. Rompiendo violentamente los lazos que estrechan los miembros unos con otros, separándolos de sus jefes, sólo se tendrá que tratar con individuos aislados, disgregados, sobre los cuales se podrá concretar la acción. Se sigue después de una razzia como la que nos ocupa, una costumbre cruel: los niños de corta edad, si los padres han desaparecido, se entregan a diestra y siniestra. Las familias distinguidas de Buenos Aires buscan celosamente estos jóvenes esclavos para llamar las cosas por su nombre".”
Felipe Pigna




La independencia de Argentina se declaró el 9 de Julio de 1816.  Muchos de los que promovieron el Congreso de Tucumán eran hijos de españoles, o habían estudiado en España o habían sido parte del ejército español (como el mismísimo Gral. De San Martín).  Cuando ya éramos una Nación libre, la Conquista del Desierto y la guerra contra el ‘Indio’, se volvió una obsesión; pasando por Rosas, Avellaneda y Roca.

 “El éxito obtenido en la llamada “conquista del desierto” prestigió frente a la clase dirigente la figura de Roca y lo llevó a la presidencia de la república. Para el Estado nacional, significó la apropiación de millones de hectáreas. Estas tierras fiscales que, según se había establecido en la Ley de Inmigración, serían destinadas al establecimiento de colonos y pequeños propietarios llegados de Europa, fueron distribuidas entre una minoría de familias vinculadas al poder, que pagaron por ellas sumas irrisorias.”
              Felipe Pigna

Me pregunto qué hubiera sido de Argentina, si los españoles no hubieran ‘civilizado’ y ‘evangelizado’ a los pueblos originarios.  ¿De qué color sería nuestra bandera?  ¿Cuáles serían nuestras costumbres?  ¿Qué habría sido de América si España o Gran Bretaña  no nos hubieran hecho el ‘favor’ de colonizarnos? 

No puedo dejar de pensar que había familias, niños, personas habilidosas, artistas, chamanes, curanderas, músicos, agricultores y gente que se volvió violenta cuando quiso defender su tierra y su gente.  Veneraban otros dioses, practicaban otros ritos, pero eran seres humanos con alma y corazón.





 Roca había dicho: "Sellaremos con sangre y fundiremos con el sable, de una vez y para siempre, esta nacionalidad argentina, que tiene que formarse, como las pirámides de Egipto, y el poder de los imperios, a costa de sangre y el sudor de muchas generaciones"
              Felipe Pigna



Hay una tendencia moderna, en los últimos años, a buscar las raíces, a valorar lo natural, a difundir la fitoterapia y los tratamientos holísticos.  Usamos música ‘etnica’ de otras culturas, y otros países, para meditar, danzar o explorar nuestra conciencia cósmica.



En occidente, cuando hablamos de música étnica o de raíz, dirigimos nuestras miradas a lugares alejados de nuestra cultura, a lugares exóticos, a la música relacionada con ciertos ritos. El concepto de música étnica aparece por primera vez en 1950 con el musicólogo holandés Jaap Kunst, que denominó ethno-musicology a la hasta entonces conocida música comparativa o musicología de los pueblos exóticos, que recogía las músicas no occidentales para su estudio comparativo. Hoy por hoy en occidente, seguimos asociando éste género con lo que va mas allá de nuestras fronteras, cuando abarca un terreno más amplio, es decir, que incluye también nuestra cultura.
A pesar de la variedad de definiciones que se le han dado a este género a través de los años, todas vienen a decir lo mismo variando en aspectos no esenciales. La música étnica es la relativa o perteneciente a un grupo cultural, que resulta de los valores, actitudes y creencias de sus integrantes, y que reconocemos también como música primitiva, tradicional, folklórica y de raíz, incluyendo la música europea que haya conservado los vestigios de una práctica musical arcaica.


La mezcla resultante de razas (criollos), no resultó muy productiva para el país;  muchos ‘gauchos’ (mestizos) fueron perseguidos y de repente no había más identidad que la taba, la pulpería, la ginebra y los facones.  Fue gracias a millones de inmigrantes (europeos que escapaban de la primera guerra mundial) que Argentina creció, y se volvió productiva en zonas que antes eran desiertos.   
Hay zonas pujantes de inmigrantes (o descendientes de ellos) polacos y ucranianos en Misiones, alemanes en Córdoba y en la Patagonia, Británicos en la Patagonia, Italianos en Mendoza, Españoles en San Juan.  En 2016 en el Bicentenario de la Revolución de la Independencia, miramos con desdén a Tobas, Wichis, Mapuches, Huarpes, Coyas y cualquier persona que tenga rasgos aborígenes.


Muy pocas escuelas han incluido lenguas originarias en su espacio curricular, la historia está siempre impregnada de los intereses del gobierno (la que se imparte en los manuales).  Los Diccionarios de lenguas originarias no son accesibles ni de uso común en las escuelas y/o universidades.

Me gustaría un país que tenga el valor de descubrir su identidad ‘no europea’.   
Me gustaría un sistema escolar que incluyera en forma obligatoria una lengua originaria, así como lo hace con una lengua extranjera.  Me gustaría que se destinaran presupuestos para investigar y difundir las diferentes culturas de cada región, que se enseñaran sus artes y que se hicieran sistemas de intercambio entre regiones.

Mientras tanto, tengo esta amarga sensación de una deuda histórica inmensa que nadie quiere pagar, y que todos ignoran.  Mientras tanto, prefiero soñar con más gente que mire para adentro en vez de copiar lo de afuera.  Mientras tanto, quiero que nuestros países vecinos sean algo más que un lugar barato o de moda para vacacionar.







Imagino que cargo mi camioneta con equipaje para unos cuantos meses y salgo a visitar pueblos perdidos de nuestra Argentina.  Llevo mi grabadora, mis libros de notas, mi cámara de fotos y muchas ganas de escribir sobre lo que no se ve.
Susie
Susannah Lorenzo©
8 de julio de 2016