domingo, 27 de noviembre de 2016

Llegadas

Cuando llegamos es un acontecimiento para celebrar. No importa si es un hijo que llega, una sobrina, un nieto, una ahijada o el bebé de una amiga. Compramos regalos que el recién nacido nunca aprecia. Regalamos ropa costosa que usará apenas un par de días o quizá una semana. Preparamos el cuarto o el rincón donde dormirá. Pintamos dibujos para decorar la pared. Tejemos mantas que cobijarán sus sueños y aliviarán sus mañas. Siguiendo modas de otros paises, organizamos 'baby showers' para la mamá primeriza. Me parece fantástico, porque la vida es un milagro y mi vida se llenó de colores cuando llegaron mis hijos.

Cuando nos vamos, es todo gris, nefasto y fatídico. No se permite hablar de la muerte, no está bien visto, y menos aún prepararse. Dejamos para mañana los besos, los abrazos, los momentos menos urgentes y los preparativos de nuestra partida. Cuando hablamos de la buena muerte o de cómo nos gustaría que se manipulara nuestro cuerpo ya sin vida, nos mirán con recelo, con más ganas de llevarnos a un loquero, que de escuchar nuestros deseos.

Cuando morimos, en mucho nos parecemos a un bebé recién nacido: no podemos elegir qué ropa usar, ni dónde reposar, ni en que gastar el dinero. Nuestros familiares tan queridos suelen elegir lo más conveniente: para la familia, para el que dirán, para el circo de los corazones rotos. Se gastan fortunas en coronas fúnebres que sólo admiran los conocidos y familiares que acostumbran comparar frases y tamaños de las flores que se exponen. Si esa misma cantidad de dinero se gastara en flores durante nuestra vida, recibiríamos, al menos, un ramo de flores por año. Algunas personas publican un aviso costoso en el diario de mayor tirada, para acompañar en sentimiento a los familiares del difunto. Hace falta coraje para publicar un aviso cuando la persona está viva, haciéndole saber lo mucho que nos importa.

Sería bonito celebrar nuestra partida, organizar una fiesta antes de irnos: reunirnos con nuestros seres más queridos, recordar los momentos más hermosos de nuestra vida, compartir palabras y sentimientos para que nada quedara sin decir, bailar nuestra música favorita, cocinar los platos más exquisitos, hacernos regalos, hacer muchos regalos y sobre todo dar tiempo y lugar para las despedidas.

Si recibir con colores y celebración es un gesto de amor, acompañar la partida de quienes amamos debería también serlo. La mayoría de las personas muere en soledad o rodeadas de mucha tristeza y dolor, o mueren con decenas de tubos insertados en su cuerpo y sus latidos conectados a máquinas que nada saben de sentimientos.

¿Cuándo es el momento correcto para hablar de nuestra muerte? ¿A los 40, a los 60, a los 70 o cuando ya es un diagnóstico terminal? Nos causa más temor hablar de la muerte que hablar de sexo con nuestros hijos o nuestros padres.

Si creemos en el cielo o creemos en la vida después de la muerte o creemos en la resurrección; entonces el cuerpo es sólo eso, un envase que nos contiene mientras estamos de paso. Es nuestra alma la que viaja, la que llega, la que se va, la que habita en los corazones de quienes amamos, la que deja su huella en las cosas que hicimos, la que siembra su música en el legado que nos animamos a sembrar. Reclamamos el derecho de honrar la vida pero olvidamos que la mejor manera de honrar nuestra alma es bendiciendo nuestra muerte.

Yo elijo la mano del amor sosteniendo la mía, un vestido de fiesta y mis zapatos rojos, unas cuantas cenizas para el suelo donde habite un jazmin, música celta mientras mi alma emprende vuelo y una última noche en mis sábanas perfumadas.

Porque cuando nos vamos, en realidad llegamos a ese cielo que nos prometieron, a esa dimensión donde los ángeles se hacen visibles y Dios nos abraza como niños.

Susie ©
Susana Lorenzo
Noviembre 2016


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