Crucifixiones modernas

 



Me imagino la reacción de Jesús al observar cómo continuamos celebrando la Semana Santa sin haber aprendido la lección más importante: la enseñanza del Amor. Su misión de vida no fue dejar testimonio del martirio de su muerte sino la de sembrar la doctrina del Amor Divino.


En uno de los mensajes del Oráculo de Reina Madre Divina en este tiempo de Semana Santa, Jesús nos dice:





¿Cuántas veces permitimos que la magnitud de la muchedumbre nos convenza sobre la justicia de un veredicto? Como si la naturaleza de lo verdadero dependiera del ruido de la proclama o el número de personas abucheando.


¿Cuántas veces en nuestra vida somos testigos impasibles de crucifixiones despiadadas que no contemplan compasión y parecen multiplicar rumores de origen desconocido?


En las plazas de Galilea, en un pueblo, en un barrio o en un clan familiar, los numerosos pueden más que la minoría; los impíos acusan para conseguir favores de los romanos; los tibios esconden sus verdaderas intenciones para no ser perseguidos. Mientras tanto, en la solitaria cruz, el susurro de una verdad que nadie quiere escuchar o no está dispuesta a comprender, el acusado y condenado padece el castigo por su honestidad.


En cada Semana Santa revivimos y nos entristecemos por la aberrante forma en que Jesús fue torturado durante una muerte lenta y amarga. Castigos y penas de muerte similares han sido y siguen siendo usadas en diferentes partes del mundo; hay una necesidad maliciosa de causar humillación y prolongar el dolor de aquel que nos asusta, nos lastima, nos ofende o nos desafía.


¿Qué hizo Jesús para merecer eso, según el gobierno de turno? Expresó verdades incómodas, puso en evidencia las injusticias y falsedades, desenmascaró a los fariseos y falsos profetas, habló de igualdad ante Dios, predicó sobre el perdón y el Amor y escuchó atentamente a quienes estaban silenciados o excluidos de la sociedad.


¿Qué sucede cuando un miembro del clan familiar, un ciudadano de una comunidad o un vecino del barrio dice cuatro verdades incómodas? ¿Cómo se trata generalmente a una persona que reclama ser tratada como Hijo de Dios y hermano de Jesús? ¿Cuántas personas son consideradas inestables emocionalmente o mentalmente si comparten sus experiencias místicas de visiones y canalizaciones? ¿Cómo se paga la valentía de hablar con honestidad desde el corazón desenmascarando a quienes se ocultan tras discursos agresivos y controladores?


En cada familia, en cada barrio, en cada comunidad, en cada pueblo, hay al menos un crucificado. No es una crucifixión visible con maderos, clavos y corona de espinas; sin embargo, hay palabras que dañan más que una corona de espinas y hay actitudes condenatorias de desaprobación y aislamiento que someten al crucificado a un desarraigo emocional del grupo, equivalente a crucificarlo en lo alto de un monte.


A diferencia de la crucifixión física, la crucifixión moral, emocional y social es una lenta tortura que puede extenderse por años y décadas. Como Jesús, al condenado se le promete su liberación y expiación sólo si se retracta de sus dichos y se consagra al credo del grupo, aceptando sus ideales y valores (o falta de ellos) como su lema de vida. El crucificado no tiene derecho a reclamar, pues su sola rebeldía es causa suficiente para los castigos impuestos.






¿Qué hemos aprendido, entonces? ¿Hemos recibido la enseñanza del Amor que Jesús compartió con nosotros? ¿Amamos como Jesús nos ha pedido que amemos?


La crueldad humana, la predisposición para las guerras y los enfrentamientos, no parece disminuir o debilitarse con el tiempo; al contrario, las redes sociales y la inmediatez de la información proveen el foco de atención requerido por quienes necesitan de la prepotencia para hacer valer su verdad.


No puede haber paz en el mundo, si no hay paz en las comunidades, si no hay Amor y respeto en las comunidades.


No puede haber paz en el mundo, si no hay paz en las familias, si no hay Amor verdadero y respeto en las familias.


No puede haber paz en el mundo, en las comunidades y en las familias, si no hay Amor propio, respeto y paz en el corazón de cada ser humano.


Lo que sucede en el exterior no es más que un reflejo de lo que sucede en el interior de las personas: seres humanos incapaces de ser libres en su esencia, temerosos de mostrarse en su diseño Divino; aterrorizados de la supuesta libertad de otros, ofendidos por la Divinidad de quienes se acercan a Dios por un camino diferente.


Todos alguna vez, hemos crucificado a alguien: aunque sea en el pensamiento, condenándole al desprecio, a la indiferencia o incluso maldiciendo su nombre. Muchas personas no participan de decisiones grupales de crucificar a un disidente, pero se mantienen como testigos pasivos, incapaces de tender una mano o pronunciar una palabra de consuelo. El ‘amor’, la aceptación o el orgullo del grupo (de la mayoría) puede más que la compasión que un corazón pueda sentir; como el pueblo que ante la injusticia de los romanos se negaba a defender a Jesús, por miedo a ser castigado, perder su hogar, el sustento y su familia o incluso deshonrar a sus hijos.


Siempre me he preguntado, como niña inquieta y curiosa: ¿Qué hubiera sucedido si los discípulos de Jesús, los creyentes y la gente convencida de que Su palabra era la palabra de Dios hubieran reaccionado haciendo prevalecer su mayoría? Pero, esa no era la lección; se nos mostraba en espejo el alcance de una difamación sostenida por las masas y respaldada por el poder económico y político.




A pesar de ello, la Verdad, de Dios y el Amor del Maestro Jesús, pudo sobrevivir escritos sagrados distorsionados, parábolas acomodadas a la necesidad del poder religioso e intentos de borrar ese tramo de la historia o incluso la vida de algunas mujeres sagradas en la vida de Cristo.


No podemos hacer cambios globales sin realizar profundas transformaciones individuales; por eso, mi invitación en esta Semana Santa es que te tomes un momento para observarte y observar a tu alrededor. Descubre esas crucifixiones aparentemente invisibles en tu familia, en tu barrio, en tu comunidad. Invoca a Jesús, actúa en Su Amor y acércate a esa persona, escucha su verdad, crea un espacio de contención para su corazón dolido, conviértete en emisario/a de Dios y descubre el poder milagroso de una mirada respetuosa y compasiva.


Susannah Lorenzo – En Dios y con Dios

31.3.2026



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